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Cuando el nombre del queso es un lugar: una carta al mundo del queso desde el caso venezolano en Europa

Topónimos, diáspora y lo que podemos aprender sobre nombres, cultura y patrimonio

Por: ©️ Astrid Uzcátegui Angulo – Diciembre, 10, 2025

Introducción

Este texto nace de la gratitud y de la preocupación por cómo estamos usando los topónimos en el mundo del queso. Gratitud porque, como venezolana que vive hoy en España, puedo entrar a un supermercado o a una tienda latina y encontrar quesos que me devuelven inmediatamente a la mesa de mi casa: telita, de mano, palmita, llanero, ahumado andino. Quesos blancos, frescos o semiduros, hechos con leche europea, siguiendo recetas que muchos venezolanos han llevado consigo cuando emigraron.

La preocupación aparece cuando miro esas mismas etiquetas con los ojos de alguien que se ha dedicado a estudiar indicaciones geográficas, marcas de certificación y patrimonio alimentario. En varias ciudades españolas, y también en otros puntos de Europa, empiezan a verse envases de “queso fresco tipo telita”, “queso fresco tipo guayanés”, “queso fresco tipo paisa”, “queso llanero venezolano” o “queso ahumado andino”, elaborados íntegramente en territorio europeo pero asociados, en el relato comercial, a regiones muy concretas de Venezuela.

No pongo en duda ni la legalidad ni la calidad de estos productos. Están elaborados con leche que cumple las normas sanitarias europeas, en plantas autorizadas y con procesos controlados. Mi pregunta es otra, dirigida a queseros, queseras y profesionales del mundo del queso, así como a quienes los asesoran en propiedad intelectual: ¿qué ocurre cuando el nombre del queso que ponemos en la etiqueta es, en realidad, el nombre de un lugar? ¿Qué implicaciones tiene para la cultura quesera de ese territorio, esté o no protegido por una indicación geográfica formal?

Desde esa pregunta comparto lo que estoy observando en España con los topónimos queseros venezolanos, no como denuncia, sino como un caso de estudio para el mundo del queso.

Y propongo algunas ideas prácticas sobre cómo nombrar los productos de manera que honren la creatividad empresarial, pero también los patrimonios locales de donde toman inspiración.

1. Lo que estoy viendo en España: quesos venezolanos “de aquí”

En los últimos años, y de forma muy visible tras la pandemia, han aparecido en distintas provincias españolas (Galicia, Comunidad Valenciana, Cataluña, Madrid) y en otros países europeos productos lácteos que se presentan al consumidor como “quesos venezolanos”, pero que se elaboran con leche europea. No es extraño: la diáspora lleva consigo sus recetas y su nostalgia, y el mercado responde.

Si abstraemos las etiquetas y dejamos de lado las marcas concretas, el fenómeno se repite en tres grandes modalidades.

Este pequeño mapa de casos muestra cómo, casi sin darnos cuenta, los topónimos en el mundo del queso empiezan a circular lejos de sus territorios de origen.

1.1. Quesos “tipo telita / tipo guayanés / tipo paisa”

La primera modalidad son los quesos “tipo”. En los envases se lee, por ejemplo, “queso fresco tipo telita”, “queso fresco tipo guayanés”, “queso fresco tipo paisa” o “queso fresco tipo duro”. Debajo, una descripción apetitosa explica que se trata de quesos típicos de los llanos venezolanos, que recuerdan a la mozzarella, que son perfectos para rellenar arepas o acompañar cachapas.

El mensaje para quien compra es: “esto no es el queso venezolano original, pero se le parece mucho”. Legalmente, la leche y la fabricación son europeas, y así se indica en la letra pequeña. Culturalmente, sin embargo, el nombre del territorio (Guayana, los llanos, Táchira) se utiliza como etiqueta de estilo.

1.2. Quesos “llanero venezolano”, “palmita zuliana” o “ahumado andino” hechos con leche gallega

La segunda modalidad son quesos elaborados por queserías fundadas por venezolanos en Galicia. En sus catálogos se ofrece, por ejemplo, “queso telita”, “queso de mano”, “queso palmita” y “queso llanero venezolano”, además de “queso ahumado” que remite a la tradición quesera andina. En las fichas de producto se insiste en que son quesos venezolanos, vinculados a regiones específicas: la región zuliana, la sabana llanera, los Andes.

Al mismo tiempo, el etiquetado destaca que están hechos con “100 % leche gallega” y que cumplen los estándares sanitarios europeos. El resultado es una combinación comprensible desde la diáspora (“queso venezolano hecho con leche gallega”), pero que, a largo plazo, puede fijar en el mercado la idea de que esos nombres designan estilos de queso, sin necesidad de que exista ya una conexión viva con los territorios de origen.

1.3. Restaurantes que cuentan la historia de los quesos

La tercera modalidad aparece en el relato gastronómico. En la web de algunos restaurantes latinos en España se explican con detalle qué son el queso de mano, el palmita o el llanero: cómo se elaboran, qué textura tienen, en qué regiones de Venezuela son más conocidos. Y a continuación se añade que, gracias a la diáspora, hoy se fabrican quesos venezolanos en España, Nueva Zelanda, Estados Unidos, Perú o Argentina, muchas veces a través de acuerdos con queserías locales.

De nuevo, el objetivo es legítimo: educar al comensal y ofrecerle una experiencia de autenticidad adaptada al contexto europeo. Pero el efecto acumulado de estos tres modelos es claro: nombres que, en Venezuela, remiten a territorios, a culturas queseras específicas y a formas tradicionales de hacer queso pasan a funcionar, en Europa, como categorías genéricas de queso.

2. Tres formas en que los topónimos en el mundo del queso pueden jugar en contra

Lo interesante del caso venezolano no es que sea único, sino que permite ver con nitidez algo que puede ocurrir en cualquier parte del mundo donde un queso lleve el nombre de un lugar. Si miramos estos ejemplos desde el punto de vista de los queseros y no solo del derecho, pueden distinguirse al menos tres riesgos.

Los topónimos en el mundo del queso son un recurso potente, pero también frágil cuando se desgaja el nombre del territorio.

2.1. Cuando el topónimo se convierte en apellido genérico (“tipo X”)

El primer riesgo aparece cuando usamos un topónimo como apellido genérico: “tipo telita”, “tipo guayanés”, “tipo paisa”. Desde el marketing, la intención es clara: explicar al consumidor que esa novedad que lanzamos se inspira en un estilo conocido, para que sepa qué esperar en textura, sabor y uso culinario.

El problema es que, si muchos productos de orígenes distintos se presentan como “tipo Guayana” o “tipo Táchira”, el vínculo entre esos nombres y los territorios que representan empieza a difuminarse. En el futuro, si una comunidad de productores en Guayana o en Táchira quisiera organizarse para proteger ese nombre como indicación geográfica o como marca de certificación, se encontraría con un mercado acostumbrado a usarlo como etiqueta genérica.

2.2. Cuando el topónimo sustituye al nombre del producto

El segundo riesgo es más sutil: cuando el topónimo termina sustituyendo al nombre del producto. En vez de pensar “¿cómo se llama este queso que estoy creando?” y luego “¿quiere hacer referencia a un lugar?”, el orden se invierte. El queso termina llamándose simplemente “Llanero”, “Paisa” o “Andino”, y el consumidor nunca llega a saber si esa palabra nombra el producto, el origen o las dos cosas a la vez.

Para el mundo del queso, esto tiene dos consecuencias. Por un lado, dificulta la tarea de diferenciar productos en un mercado donde el territorio empieza a utilizarse como rótulo comodín. Por otro, invisibiliza el trabajo de quienes, en esos territorios, han construido una cultura quesera propia, con prácticas ganaderas, técnicas de elaboración y sabores que forman parte de su patrimonio local, se reconozcan o no todavía en un sistema de indicaciones geográficas.

2.3. Cuando el topónimo ya es marca (o podría serlo)

El tercer riesgo es conocido para quienes trabajan en propiedad intelectual: la superposición entre topónimos y marcas. En algunos casos, el nombre de un queso que remite a un lugar es también una marca registrada en el país de origen. En otros, podría serlo en el futuro, bien como marca colectiva, bien como marca de certificación o como indicación geográfica.

Si, mientras tanto, el mercado consolida el uso de ese mismo término como categoría genérica de queso en otros países, las posibilidades de construir a posteriori una estrategia de protección coherente se reducen. No se trata solo de conflictos jurídicos abstractos; se trata de quién podrá, mañana, contar legítimamente la historia de ese queso y de ese territorio, y con qué palabras.

3. Tres ideas prácticas para usar topónimos en el mundo del queso sin perder el origen

Con estos riesgos en mente, propongo tres ideas sencillas para quienes están creando quesos nuevos o adaptando recetas de otros territorios al contexto de los topónimos en el mundo del queso.

3.1. Separar el nombre del producto de la referencia al lugar

Una cosa es el nombre comercial del producto; otra, la referencia al lugar que lo inspira. En lugar de llamar al queso simplemente “Guayanés” o “Llanero venezolano”, puede ser útil distinguir:

un nombre propio del queso o de la marca (un nombre de fantasía o descriptivo), y
– una mención clara de estilo u origen en la descripción.

Por ejemplo: “queso fresco hilado ‘La Llanura’, estilo llanero venezolano elaborado en Galicia”. De este modo, se reconoce la inspiración territorial sin convertir el topónimo en la única palabra que nombra el producto.

3.2. Cuidar el uso de “tipo + topónimo”

Cuando se reproduce una receta que procede de otro territorio, es comprensible querer decir “esto sabe a casa”. La experiencia europea, sin embargo, muestra que el uso extensivo de “tipo + topónimo” puede generar conflictos, como ocurrió con quesos “tipo Manchego” o “tipo Parmesano” en distintos países.

Una alternativa es reservar “tipo + topónimo” para el relato contextual (en la web, en la carta del restaurante, en el material explicativo) y buscar en la denominación principal fórmulas menos problemáticas, como “estilo venezolano”, “receta inspirada en…” o descriptores de textura y uso (“queso fresco para arepas, estilo telita”). No es una solución perfecta, pero abre espacio para que, si algún día el territorio de origen decide organizar su protección, el nombre geográfico no esté completamente diluido.

3.3. Pensar el topónimo como patrimonio, no solo como atractivo comercial

Por último, vale la pena recordar que, aunque un país no tenga todavía una cultura consolidada de indicaciones geográficas, muchos de sus topónimos queseros ya funcionan, en la práctica, como patrimonio cultural: condensan historias, saberes, formas de ganadería, técnicas de cuajado y maduración, maneras de comer y celebrar.

Tratar esos nombres solo como un recurso de marketing de corto plazo puede cerrar puertas a mediano y largo plazo, tanto para los productores del territorio de origen como para los propios queseros de la diáspora, que podrían beneficiarse de alianzas futuras en torno a marcas de certificación o esquemas de co-marcado.

4. A quién va dirigida esta carta

Este artículo no señala con el dedo a nadie. Los ejemplos venezolanos que he visto en España podrían haberse dado con quesos de cualquier otra región del mundo: quesos insulares caribeños, especialidades andinas, quesos frescos africanos, productos fermentados de Asia o del Pacífico. El movimiento es el mismo: personas que emigran, llevan sus recetas consigo, las adaptan a una nueva cadena láctea y buscan nombres que digan “este queso es mío” en un mercado que no los conoce.

Esta carta se dirige, en primer lugar, a ese mundo del queso que crea, adapta y reinventa: queseros, queseras, pequeñas plantas lácteas, cooperativas, queserías urbanas, emprendedores de la diáspora. Y también a quienes los acompañan: consultores de marketing, abogados y abogadas de propiedad intelectual, docentes que usan casos reales para enseñar a las nuevas generaciones.

Por eso insisto en mirar con calma cómo usamos los topónimos en el mundo del queso, tanto en origen como en la diáspora.

El mensaje de fondo es simple: los topónimos son poderosos. Pueden ayudarnos a vender más y mejor, pero también pueden vaciar de contenido, sin quererlo, la historia y el patrimonio de los territorios que nombran. Elegir bien el nombre del queso es una forma de respeto hacia esos territorios y, al mismo tiempo, una inversión en la solidez futura de la propia marca.

Reflexiones

El caso venezolano en Europa muestra una versión contemporánea de un fenómeno que, hace décadas, se dio en sentido inverso: entonces eran quesos europeos los que veían sus nombres transformados en categorías genéricas al viajar a otros continentes; hoy son quesos de países terceros los que llegan a Europa de la mano de sus diásporas y se convierten en estilos reproducibles en cualquier planta.

Como investigadora que se mueve entre el mundo de las indicaciones geográficas y el de las marcas de certificación, mi intención no es dictar sentencia sobre ninguno de estos quesos, sino ofrecer un espejo. Si el caso sirve para que alguien, en cualquier rincón del mundo, se pregunte “¿qué estoy poniendo exactamente en la etiqueta?” y decida nombrar mejor su queso, habrá cumplido su función.

En definitiva, los topónimos en el mundo del queso pueden ser puentes entre territorios o caminos hacia la genericidad, según cómo los nombremos hoy.

En un próximo texto entraré en el detalle jurídico comparado: cómo dialoga este tipo de situaciones con la jurisprudencia europea sobre “tipo X”, qué margen dejan hoy las indicaciones geográficas, las marcas de certificación y las marcas colectivas para ordenar este espacio, y qué herramientas tenemos para que los quesos puedan viajar sin que sus nombres pierdan el vínculo con los lugares que les dieron vida.